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“No digas eso”

“No digas eso”

Por Sharon Rapoport

Aunque como padres modernos nos sentimos con la capacidad para abordar temas delicados con los hijos, hay algo que nos desespera, molesta o inquieta, cuando escuchamos a los hijos pequeños decir cosas como “eres una popó” por enésima vez en el día. ¿Qué es lo que tanto fascina a los niños acerca de las palabras referentes a la excreción? y ¿por qué nos incomoda tanto a los padres este tipo de lenguaje?

El lenguaje que alude a la defecación y a la orina, o “potty-talk”, así como a los genitales, se observa con mayor insistencia entre los 2 y los 5 años. Para el niño, consiste en una forma de darle sentido a las partes del cuerpo, a sus productos y funciones, que son las cuestiones que en esta etapa trata de comprender. Este tipo de lenguaje comienza alrededor del momento del entrenamiento para utilizar el baño, y los padres inadvertidamente preparamos el escenario para su surgimiento. El mensaje que mamá y papá mandan al momento de decir “popó” o “pipi” es captado por los niños. Si al pronunciar estas palabras haces caras, arrugas la nariz, susurras o te ríes, el niño les adjudicará un valor muy distinto al resto de las palabras que se utilizan cotidianamente.

Esta forma de hablar, además coincide con una etapa en que el niño está adquiriendo mayores habilidades de lenguaje y se deleita en experimentar con distintas palabras. Esto sucede al mismo tiempo que tratan de entender por qué los niños tienen pene y las niñas vagina. Pronto descubre que las palabras ligadas a la sexualidad y a los deshechos fisiológicos ocasionan una reacción inmediata en los adultos, y ello les fascina. El niño disfruta cuando al utilizar palabras como “vagina” o “popó” –especialmente en público-, los adultos se enojan, ríen o avergüenzan.

Qué hacer    

Reír, avergonzarse e incluso enfadarse con el niño que en todas sus conversaciones incluye referencias escatológicas, son reacciones comunes de los padres. Lo mismo sucede cuando el niño pronuncia su primera vulgaridad (“grosería”). Pero si te enojas o le castigas, estarás ligando a la palabra con un valor emocional negativo: “es una mala palabra”. Por otro lado, si tu reacción es de escándalo o risa, animarás al niño a continuar, y a probar más palabras nuevas. Para el niño, esta forma de hablar es una herramienta para escandalizar a sus mayores. Tu mejor estrategia, entonces, es mantenerte calmada y evitar sobre-reaccionar. Trata de enfocarte en la razón por la que el niño está hablando de esta forma: ¿está tratando de obtener atención?, ¿quiere iniciar una conversación?, ¿está enojado? Si tienes que contestarle, di algo neutral, como: “esa palabra es nueva”. Si no prestas atención, pronto la palabra perderá su encanto. La clave es evitar las batallas, que sólo aumentan el problema.

Alienta a tus hijos a pensar que “pene” y “vagina” son palabras como cualquier otra, que se utilizan para identificar partes del cuerpo. Las palabras que nosotros utilicemos en el entrenamiento para utilizar el excusado, así como las que empleemos para referirnos a los genitales, son las que el niño utilizará en primera instancia cuando juegue con otros niños y sus conversaciones.

Si el niño persiste en utilizar estas expresiones fuera de contexto o para ofender a otros niños, o si sientes que estás llegando a tu límite, puedes preguntarle: “¿qué significa eso?” Al detenerse a pensar, el escalamiento del juego cesa, y la palabra pierde su magia. En ocasiones, es difícil ignorar las risitas de un grupo de niños de 3 años que persisten pronunciando estas palabras. Si te sientes incómoda, ignóralos. Recuerda que así es el mundo infantil, y ésta se trata de otra fase que, como las demás, también pasará.

Otras estrategias

Recuerda que es hasta los 5 ó 6 años, que el niño comienza a desarrollar una conciencia y a ejercer el autocontrol. Pero si utilizas estas estrategias, evitarás que él se salga de control:

Trata el tema del entrenamiento para ir al baño con naturalidad. Recuerda que es normal para un niño de 2 años, en proceso de entrenamiento, sentirse fascinado por su cuerpo, por las partes cubiertas por un pañal, y por todo lo que éste contiene. Leer libros infantiles ilustrados, en los que se habla con naturalidad de la defecación, también puede ayudar a deslindar el tema de su naturaleza prohibida –y por lo tanto de su atractivo.

Busca alternativas. Si tu hijo solo está probando una palabra o canturreando para entretenerse, quizá lo puedes convencer para sustituirla por otra palabra divertida. Trata de encontrar otras palabras que pueda intercambiar por la que pronuncia. Canaliza su energía enseñándole otras canciones o rimas, o dirigiéndole hacia otras actividades. Si el problema es que utiliza palabras inapropiadas para expresar su enojo o frustración, enséñale a identificar y nombrar sus emociones: “estoy enojado”.

Establece límites. Igual que existen límites en torno a las diferentes actividades cotidianas, puedes establecer límites en cuanto a esa forma de hablar. Por ejemplo, “no puedes utilizar la palabra popó mientras comes”, o “no acostumbramos hacer preguntas a los extraños acerca de sus partes privadas”. Además de otorgar lineamientos, le estarás dando una lección importante: hay momentos y lugares apropiados para cada cosa. Si el niño utiliza repetidamente vulgaridades adultas, no es necesario que expliques lo que éstas significan. Sólo aclara, con una voz neutral, “no puedes utilizar esa palabra”. Decir “no permito esa clase de lenguaje” o “cuida tu vocabulario”, son frases que el niño pequeño no puede entender.

Enséñale a respetar a los demás. Aunque los insultos que el niño dirige a los demás suenen inocentes e inofensivos (“cara de pipi”), es importante explicarle que puede lastimar los sentimientos de otros niños, y que no importa si sus compañeros los utilizan, él no debe hacerlo. El niño aún no desarrolla la empatía, y es difícil que recuerde pensar en los demás, pero de todas maneras es importante que sepa que sus acciones pueden afectar a otros.

Cuida tu vocabulario. Aunque existan diferentes reglas para la conducta de niños y adultos, será más difícil convencer a tu hijo de que no utilice ciertas palabras si tú lo haces cotidianamente. Si él imita alguna palabra que dijiste, admite que fue un error y cambia de tema.