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Nalgadas, ¿inofensivas?

Nalgadas, ¿inofensivas?

 

Nuestra sociedad mexicana tolera las nalgadas -frecuentes o esporádicas- a pesar de que son un castigo físico para imponer disciplina y desear corregir malas conductas en nuestros hijos.

 

Las nalgadas son una forma de violencia que vulnera la integridad física y la dignidad.

Algunos padres utilizan cinturonazos, tirones de cabello, jalones de orejas, pellizcos, cachetadas y golpes en la cabeza.

En realidad para los adultos es una manera de hacerse ver y sentir dominantes frente a los niños, sea cual fuere la causa del castigo. Confunden la educación de sus hijos cuando en realidad se desbordan y salen de sí, dejando a un lado la paciencia y comprensión, en lugar de resolver el conflicto y establecer límites desde edades tempranas.

Los padres muchas veces justificamos el castigo y no enseñamos respeto y valores.

Es mucho más cómodo “dejar hacer dejar ser” a los hijos que estar explicando y educando, enseñando.

Lo que ocurre con el castigo físico es sembrar miedo, generar sumisión.

Si nos ponemos a pensar cómo nos sentiríamos si alguien nos pegara físicamente o psicológicamente, podríamos sentir la agresión que sienten nuestros hijos de nuestra parte. Les enseñamos más bien que los conflictos se resuelven con violencia y que el más fuerte gana. ¿No sería mejor sentarse a platicar sobre el acontecimiento que genera el malestar? ¿No sería mejor mostrar cómo debía haber sido la conducta que se quiere corregir?

La organización Save the children, UNICEF y otras más, preocupadas por la salud de los niños, hablan de los efectos que puede traer el castigo físico a los niños. Ennumeramos las que publica Save the Children en su página web: www.savethechildren.mx

 

  • Daña su autoestima, genera sensación de minusvalía y promueve expectativas negativas respecto a sí mismo.
  • Les enseña a ser víctimas. Existe la creencia extendida de que la agresión hace más fuertes a las personas que la sufren, las “prepara para la vida”. Hoy sabemos que no sólo no les hace más fuertes, sino más proclives a convertirse repetidamente en víctimas.
  • Interfiere sus procesos de aprendizaje y el desarrollo de su inteligencia, sus sentidos y su emotividad.
  • Se aprende a no razonar. Al excluir el diálogo y la reflexión, dificulta la capacidad para establecer relaciones causales entre su comportamiento y las consecuencias que de él se derivan.
  • Les hace sentir soledad, tristeza y abandono.
  • Incorporan a su forma de ver la vida una visión negativa de los demás y de la sociedad, como un lugar amenazante.
  • Crea un muro que impide la comunicación padres – hijos y daña los vínculos emocionales creados entre ambos.
  • Les hace sentir rabia y ganas de alejarse de casa.
  • Engendra más violencia. Enseña que la violencia es un modo adecuado para resolver los problemas.
  • Los niños y niñas que han sufrido castigo físico pueden presentan dificultades de integración social.
  • No se aprende a cooperar con las figuras de autoridad, se aprende a someterse a las normas o a transgredirlas.
  • Pueden sufrir daños físicos accidentales. Cuando alguien pega se le puede “ir la mano” y provocar más daño del que esperaba.

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